La vinculación de Guayaquil con el mundo exterior está determinada por su situación geográfica. Durante la colonia su comercio se desplazaba por la vía marítima hacia Lima y a otras ciudades costeras del virreinato peruano, y hacia Nueva España (México), Tierra Firme (Panamá), etc. Cuando la explotación de los bosques madereros, surgió un activo comercio se convirtió en proveedor de las ciudades peruanas, al punto que ninguna construcción civil o militar realizada en esos lugares, pudo levantarse con prescindencia de estos materiales. Además de este importante rubro, se llevaba al Callao, cacao, tabaco, cera, pita, etc., y se importaba harina, vino, aguardiente, aceite y aceitunas. Hacia Tierra Firme se movilizaban cacao y tabaco, y desde allá venían tejidos, hierro, maderas suaves, esclavos y perlas. Al Chocó (Colombia) se realizaban dos viajes anuales movilizando carnes, sebo, quesos, sal, etc., se traía brea y tablones de cedro. Hacia los puertos de Paita y Trujillo zarpaban las naves cargadas de caña guadua, cocos, cacao. Y, retornaban con harina, azúcar, jabón, dulces, aceitunas, tejidos de lana y algodón. A Guatemala se permitían dos viajes al año, y para hacerlo hacia Acapulco se requería una licencia especial del rey o del virrey de Nueva Granada. En estos puntos, nuestros mercados se aperaban de loza, fragancias y especias de Filipinas. Comercio exterior que Guayaquil también canalizaba hacia el interior del país. Negocios y finanzas, que fueron rebasadas por dos actividades iniciadas desde finales del siglo XVI. Las cuales rápidamente adquirieron tal importancia que su auge sería la clave del desarrollo económico guayaquileño durante los siglos XVII y XVIII. Esto es, la exportación del cacao y la construcción naval. Los pueblos y villorrios, cacahuales y vegas tabacaleras, se situaban en las riberas de los ríos y sus tributarios. Daule, Babahoyo y Naranjal eran los únicos pueblos ribereños de importancia. No solo por su cercanía a las plantaciones sino por su acceso a la red fluvial, camino expedito, vía rápida de comercio que formaban los ríos del sistema del Guayas. En Santa Clara de Daule estaba el Estanco Real de Tabacos. Bodegas de Babahoyo, operaba como puerta de entrada a la Sierra centro-norte, además, era mercado de contratación de peones y trabajadores serranos. Naranjal, pese a ser un pueblo de menor envergadura, jugaba su papel como terminal costeño del camino a Cuenca y Loja. Mercado al cual se enviaba desde esta ciudad, productos europeos y americanos. Un ritmo de negocios abundante y frecuente, llenaba de actividad las calles de la ciudad, en particular el malecón y su muelle. Riqueza que mostró visos de opulencia, pues disponía de todo lo necesario para la comodidad y la buena vida de sus habitantes ricos y pobres. El astillero y el movimiento maderero constituían uno de sus principales ingresos. El río Guayas era la gran vía hacia el mar y constituía el único medio de vida del hombre del golfo y sus riberas. A lo largo de ellas crecían abigarrados los manglares y la zarzaparrilla. Al aproximarse el viajero a las vecindades de la ciudad, encontraba muchas villas y haciendas productoras de alimentos, ganados, cerdos, caballos y aves domésticas. Santiago de Guayaquil, con el decurso del tiempo, hasta la mitad del siglo XVIII, alcanzó un lento pero sostenido crecimiento poblacional. La constante expansión económica, su comercio hacia el interior, especialmente con Quito, en base a la sal y pescado salado, provenientes de la península de Santa Elena, arrojaba cifras importantes. La exportación que salía por el puerto, era despachada en no menos de 40 embarcaciones al año. Madera, arroz, algodón, carne de res seca, etc. El cacao proveniente de las plantaciones situadas en las ricas vegas de los ríos y su producción creciente, era el motor de ese gran desarrollo. No obstante que la calidad del tabaco guayaquileño nunca tuvo características notables, en el siglo XVIII era considerado como su segundo producto agrícola de exportación. Sin embargo, no se puede decir que fue un recurso fundamental para el desarrollo económico, pero si influyó en el volumen considerable de sus exportaciones. Pese a haber ocupado esta segunda posición, apenas alcanzó entre el 4 ó 5% del valor total de las exportaciones, que durante 300 años encabezó el cacao. Lo curioso del caso es que, pese a su mala calidad y casi nula su técnica de cultivo se exportaba gran parte de la cosecha. No obstante esta abundante producción y bonanza, que no era nada fácil lograr, los productores y comerciantes no podían manejarla a su conveniencia, pues estaba constreñida y estrangulada por el monopolio de los comerciantes piuranos, limeños y “Chalacos” (del Callao). El 12 de octubre de 1778, se expidió el Reglamento de Libre Comercio y desde entonces, pese a las trabas y argucias de los círculos monopólicos de Lima, el ritmo de las finanzas se aceleró. Los comerciantes de Guayaquil incrementaron grandemente la producción cacaotera, la construcción naval y el comercio intercolonial. El papel jugado por Guayaquil en su triple función de única ciudad-puerto importante de la Audiencia de Quito, principal astillero del Pacífico americano y un comercio exportador altamente desarrollado, explica el interés que viajeros ilustres mostraron por esta ciudad. De allí que, en ninguna de las descripciones generales de la Audiencia de Quito o del virreinato del Perú, faltan largos pasajes sobre Guayaquil. A partir del segundo tercio del siglo XVIII la ciudad experimenta un gran crecimiento urbanístico y pese a la constante destrucción causada por los frecuentes incendios, los barrios surgen de la nada. Las condiciones higiénicas se transforman y prolifera el desarrollo de servicios públicos indispensables. La administración pública se moderniza y, pese a contar con la gran red fluvial del Guayas como vía expedita de comercio, se plantean proyectos para mejorar la comunicación terrestre entre Costa y Sierra. Pero, todos los intentos, “resultaron fallidos por diversas razones, entre ellas el desinterés de los propios guayaquileños, que ya habían comprobado que era en el mar y no en la sierra donde se encontraban sus posibilidades de desarrollo (…) Y no cabe duda de que esta prosperidad está en la clave del célebre enfrentamiento entre San Martín y Bolívar a propósito de este puerto, que si era importante para Lima, era realmente vital para Quito, cuya suerte en el futuro dependerá de la economía de Guayaquil más que de ninguna otra cosa” (María Luisa Laviana Cuetos, Guayaquil en el siglo XVIII).El final del colonialismo español permitió a la América en general y en particular para nuestra ciudad-puerto el acceso a un mercado que había estado cautivo por siglos. Las potencias mundiales, dueñas ahora de las rutas comerciales españolas, buscaban, con Inglaterra a la cabeza, crear un monopolio marítimo comercial en las propias barbas de los Estados Unidos, que se esforzaba por alcanzar el nivel de los europeos. |